Dice un antiguo proverbio africano que “para educar a un niño hace falta la tribu entera”. La tribu entera… que, tratándose de educación y de escuelas, es lo mismo que decir que para educar a un niño se necesita toda la comunidad educativa porque todos sus componentes tienen su palabra, su sitio, su responsabilidad: el alumnado, las familias, el personal docente, el de administración y servicios, monitores, colaboradores e incluso agentes externos.
Cuando hacemos referencia a una comunidad nos referimos a un grupo que comparte identidad, valores, finalidades y esfuerzos para lograr objetivos que generan un bien común construido gracias a la suma de voluntades e intereses y que es posible en una interacción y cohesión en dinamismo y aprendizaje constantes. Todos estos elementos garantizan la magnífica filigrana que surge de la unidad, vivida en la diversidad y la inclusión, y de la experiencia de un sentido de pertenencia operante y comprometido.
Cuando esa comunidad la calificamos de educativa es porque todo lo que tiene lugar en el centro que la alberga: contexto, organización, espacios, modos de trabajo, clima educativo, relaciones interpersonales, el trato cercano, el currículo, las programaciones, las actividades complementarias y las extraescolares, las celebraciones, los diversos servicios… todo ello tiene una brújula, una orientación: el crecimiento de la persona es decir, la realización de un derecho humano básico que permite a las personas desarrollarse plenamente, integrarse en la sociedad, mejorar su vida y también transformar la sociedad a la que pertenecen.
La Fundación Educativa Ángeles Galino es una urdimbre, una red de comunidades educativas cuyo modelo organizativo y de funcionamiento está hecho de unidad y peculiaridades propias, de responsabilidades compartidas. En nuestra organización hay instancias de colaboración instituidas: claustro, consejo escolar, equipos de trabajo, comisiones, asociación de familias… cada una de ellas con sus competencias y sus funciones correspondientes. Entre todos pretendemos una organización flexible, capaz de anticiparse a los cambios, dar respuesta a necesidades y estar en aprendizaje constante.
Junto con esas instancias formales, en el corazón de cada comunidad educativa, se vive un clima que es resultado de los diferentes elementos y valores que sostienen la organización y que favorece y facilita el bienestar de todas las personas. Un clima educativo trabajado día a día en la escucha, en la colaboración y sentido de equipo, en la manera de afrontar las dificultades y de celebrar los logros. Todo ello deja huella y forma parte de la fisonomía que nos identifica. Está inspirado en la vida familiar, en la acogida, la naturalidad, la sencillez y el cariño; posibilita el desarrollo de la libertad y unas relaciones cuidadas en las que prima el diálogo y el respeto; se expresa en una convivencia basada en la alegría, la participación, la ayuda mutua, la igualdad de oportunidades atendiendo de una manera singular a aquel alumnado que más lo necesita. Clima que, en su perspectiva académica, opta por la educación personalizada; fomenta el estudio, la investigación y el trabajo bien hecho; promueve el valor del esfuerzo y favorece el aprendizaje.
La alianza con las familias hace posible desde la participación en la gestión de la tarea educativa, la confianza, el apoyo y la escucha empática a través de un diálogo abierto, transparente y respetuoso de todos los miembros de la comunidad educativa. Es algo que engendra complicidad en la consecución del proyecto educativo común y un creciente y valioso sentido de pertenencia.
La pregunta formulada por Pedro Poveda en 1914: “¿Tienen nuestras Academias fisonomía propia?” está muy presente hoy cuando miramos nuestras comunidades educativas y responderla sigue siendo, con renovada ilusión y empeño, tarea y horizonte de nuestro compromiso educativo. En ese empeño nos encontramos todos y nos necesitamos todos.
Patronato de la fundación Educativa Ángeles Galino
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