«Enseñan mucho más que lecciones: enseñan a mirar, a pensar y a no tener miedo a las preguntas […]. Concibo la educación como un acto de confianza y como un gesto cotidiano que deja huella. La figura del educador, discreto y firme, aparece como el origen de la curiosidad, del pensamiento crítico y de una humanidad que se aprende sin alzar la voz».

Son palabras de Juan Manuel Serrat en una entrevista concedida el pasado 24 de enero, Día Mundial de la Educación.

Sí, evidentemente se trata de algo más que de enseñar lecciones, aunque enseñarlas bien sea muy importante. Si consideramos que la educación debe estar en diálogo con las circunstancias y los dinamismos que configuran nuestras complejas sociedades, y que está llamada a incidir en el crecimiento humano de personas comprometidas en lograr mayores cotas de humanidad para mismas y para todos, resulta obvio comprender que el desempeño del educador se sitúa en el ojo del huracán, en el foco de turbulencias de todo tipo: educativas, sociales, familiares, éticas, religiosas, tecnológicas, administrativas, culturales…Y más.

Enfrentar hoy los enormes desafíos que tiene la docencia, relativos a la enseñanza de los conocimientos, a la pedagogía, a la metodología, plantea con claridad meridiana la centralidad del profesor mediador, que diseña procesos de aprendizaje a medida; que dialoga con sus alumnos de manera cercana y les acompaña en sus procesos; que les aporta claves para que avancen, con responsabilidad y de manera autónoma, en la adquisición del conocimiento.1

Los educadores de nuestros centros contribuyen con su persona y sus saberes a dar respuesta constante a esos desafíos, siempre al servicio de una educación transformadora que contribuye a que el Evangelio hable los lenguajes de hoy. Ellos saben que no son artesanos aislados porque el aprendizaje que impulsan ocurre en red y en equipo, transformando el centro escolar en una comunidad que aprende, contando con la complicidad de las familias de sus alumnos. Aprenden de pedagogías basadas en principios compartidos y enmarcados en la ética del cuidado y la reciprocidad. Pedagogías que les exigen sumar con otros y les impulsan a situarse favoreciendo la búsqueda compartida de proyectos educativos innovadores surgidos de la reflexión sobre la práctica y la mejora constante de la misma. Hablamos de educadores reflexivos y estudiosos, al habla con las necesidades, carencias y lenguajes de sus alumnos y sus entornos.

Hemos iniciado este breve texto, afirmando que los docentes enseñan algo más que lecciones. Y queremos finalizarlo refiriéndonos a algo “fundante en la acción educativa”, en palabras de Ángeles Galino. Ella sostiene que la ayuda principal para el crecimiento humano reside en las relaciones interpersonales y que el ser humano, para crecer, necesita presencia, acogida y seguridad afectiva. Da un gran valor al encuentro de dos libertades, la del alumno y la del educador, y señala que a ese encuentro le corresponde estimular la libertad desde el amor incondicional que quiere la promoción del otro y el buen desarrollo de su libertad.2

Reconozcamos un plus de valor a la presencia, la escucha y la palabra del educador que aprovecha con respeto y amor las magníficas posibilidades que ofrecen el encuentro y el diálogo educativo; que está convencido de que el amor pedagógico, el vínculo interpersonal educativo, hacen crecer y sostiene el crecimiento de nuestros niños y jóvenes.

Concluimos afirmando, con sabor a la mejor tradición povedana, que la vocacionada y generosa profesión del educador requiere de todos nosotros ,y del imaginario que impera en nuestra sociedad, afinar la conciencia de su magnífica y difícil encomienda y del apoyo y valoración que no solo merecen sino que necesitan.

Patronato de la Fundación Educativa Ángeles Galino

1 Cf. Marco Educativo de la FEAG, p. 19

2 Cf. Galino, Á. (1998). Atreverse a educar. Congreso Pedro Poveda educador. Madrid: Narcea SA Ediciones.

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